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El trabajo de campo “invisible” y algunas de sus consecuencias.

Diálogo con Rosana Guber a propósito de “Conocimiento antropológico, trabajo de campo y patetismo editorial. Cuestión de escala y de tiempo”.


Por Cristina Oehmichen
Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones Antropológicas

 

A la memoria de los hermanos
José Abraham y Rey David Copado Molina,
asesinados cuando levantaban una encuesta

 

Ciertamente, como plantea Rosana Guber, el trabajo de campo que hacemos los antropólogos suele invisibilizarse en los ámbitos académicos y no valorarse por los sistemas de evaluación, que no consideran el esfuerzo ni el tiempo que el antropólogo se lleva para establecer una adecuada relación de confianza y comunicación con las comunidades con quienes trabaja. El trabajo de campo etnográfico implica una labor silenciosa, muchas veces introspectiva por medio de la cual se ponen en juego los conocimientos, habilidades y los prejucios del propio investigador. Dependiendo del contexto, los antropólogos y otros científicos sociales pueden ser bien recibidos por las personas y grupos con quienes trabaja; en otras son vistos con desconfianza y se colocan en situaciones difíciles y hasta peligrosas.

Cuando hice mi trabajo de campo entre indígenas mazahuas residentes en el centro de la ciudad de México, habían pasado más de 50 años en que Oscar Lewis hiciera su investigación en la zona. Los “Hijos de Sánchez” había sido publicado – y demonizado- por atacar la decencia y el decoro de los mexicanos1. Basado en la observación participante y en entrevistas grabadas, el antropólogo neoyorkino exhibía las condiciones de hacinamiento, pobreza, violencia intrafamiliar y diversas expresiones de lo que él identificó como rasgos de la “cultura de la pobreza” que estaba estudiando en México, Cuba y Puerto Rico. Lewis mostraba en toda su crudeza las condiciones y estilos de vida de la población urbana pobre en el corazón de la capital mexicana.

Cinco décadas más tarde, el trabajo de Lewis me permitió a finales de los 90’s encontrar muchas coincidencias entre sus resultados y los míos, aunque habían transcurrido más de cinco décadas. Realicé trabajo de campo en las viejas vecindades del centro de la ciudad, ocupadas ahora no por los migrantes procedentes de Tepoztlán que Lewis había conocido, sino por los mazahuas originarios de San Antonio Pueblo Nuevo, Estado de México. Encontré grandes similitudes entre la información etnográfica de Lewis sobre los tepoztecos inmigrantes en la ciudad, y los mazahuas que habitaban en las vecindades de la misma zona urbana. Me llamaba la atención el elevado número de hogares encabezados por mujeres, el abandono paterno, la poliginia entre los varones, la violencia intrafamiliar y el control sobre las mujeres a través de su sexualidad. Diversos paralelismos llamaron mi atención y desde entonces, estuve convencida de que el trabajo etnográfico proporciona elementos y regularidades persistentes al paso de los años. Las teorías, como dice Rosana Guber, pueden cambiar, pero no así el conocimiento que se obtiene mediante la etnografía. El trabajo de Lewis me fue de gran utilidad para ver persistencias culturales y también para analizar con otras lentes –ahora desde una perspectiva de género- los resultados que él describe en sus obras. Por ejemplo, la poliginia entre los sectores urbanos pobres es posible gracias a que las mujeres aportan los recursos económicos para el sostenimiento familiar. Este aspecto no había sido visto por Lewis como un elemento fundamental que permitía la reproducción de tales relaciones asimétricas que descansan en la desigualdad de género.

Ciertamente, los antropólogos tendemos a invisibilizar el trabajo de campo que realizamos y solemos presentar únicamente los resultados de la investigación, descuidando vetas que podrían ser muy ricas para el análisis de procesos de larga data.

Un segundo aspecto que amerita una reflexión, es el hecho de que poco se reflexiona sobre las dificultades para acceder al grupo, a la comunidad que participa de nuestras investigaciones. En ocasiones el acceso se torna difícil, pues se trata de una relación humana que varía de acuerdo con la cultura y el contexto histórico y social en que se entabla dicha relación. No es lo mismo iniciar el trabajo de campo en épocas de paz, que hacerlo en tiempos violentos. El ambiente de inseguridad incrementa la desconfianza y puede dificultar o impedir el acceso de los antropólogos. El hacer “muchas preguntas” cuando el investigador no está inserto en la comunidad con la que trabaja, lo puede poner en riesgo.

En octubre de 2015, en la comunidad de Ajalpan, Puebla, los hermanos José Abraham y Rey David Copado Molina, que habían sido contratados por una empresa para realizar una encuesta sobre el consumo de la tortilla de maíz fueron linchados porque “estaban haciendo muchas preguntas”, según dijo uno de los lugareños. Primero fueron detenidos por la policía porque la gente los veía como sospechosos. Más tarde, fueron sacados de la cárcel por una turba que los llevó a la plaza principal, donde los mató a golpes, a pesar de haber comprobado su identidad. Antes del linchamiento, en el pueblo se había corrido el rumor de que había sido secuestrada una niña, la cual apareció con vida horas más tarde2. Los linchamientos se han incrementado en México ante los elevados índices de impunidad, la prevalencia de un estado ausente o fallido, incapaz de impartir justicia. El rumor, el miedo y la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad, ha hecho que comunidades pacíficas se tornen en turbas violentas que pueden generar, como en este caso, irreparables tragedias. Frente a dicha situación, los antropólogos nos convertimos en personas vulnerables.

En la actualidad, en México se hace cada vez más difícil hacer trabajo de campo no solo porque la gente desconfía de los extraños. El antropólogo es una presencia incómoda y puede ser visto como una potencial amenaza para los narcos y los poderes locales vinculados con ellos. En diversas regiones del país los antropólogos han dejado de acudir a zonas rurales peligrosas controladas por el narco y se han cambiado de temas y/o escenarios de sus investigaciones, para realizar trabajo de campo en las ciudades. Otros, realizan trabajos de archivo en proyectos de antropología histórica, entre otras cosas3.

Un tercer elemento que quisiera destacar, es el hecho de que los sistemas de evaluación del trabajo académico limitan o impiden la realización del trabajo de campo de larga data. En los posgrados, por ejemplo, se exige que los estudiantes se titulen “en tiempo y forma”, esto es, dentro del periodo de dos años en el caso de la maestría y cuatro en el doctorado. Estas exigencias son las mismas que se les piden a otros científicos sociales que no requieren realizar trabajo etnográfico. No siempre el trabajo de campo se puede realizar en breves temporadas, pues no se trata de hacer una encuesta o consultar un censo, sino de establecer una relación de confianza con las personas que se convierten en sujetos de la investigación.

En ocasiones, el trabajo antropológico se ve interrumpido porque las condiciones locales lo impiden. En 2013 a una camioneta del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM le reventaron las cuatro llantas con un machete, en medio de amenazas de muerte hacia las estudiantes y los investigadores que participaban en una temporada de trabajo de campo en el estado de Sonora, ubicado en el Noroeste de México4. Esta situación pone al descubierto las difíciles condiciones en las que actualmente los y las antropólogas realizamos trabajo de campo. Asimismo, abre la discusión sobre la responsabilidad de los profesores que envían a sus jóvenes estudiantes y ayudantes de investigación a realizar el trabajo de campo en regiones peligrosas, sin el acompañamiento de un profesor con experiencia y conocimiento de la región y sin la cobertura institucional, como era este caso.

El artículo de Rosana Guber cobra particular relevancia hoy en día, cuando las exigencias del mundo académico se incrementan con los sistemas de evaluación que nos inducen a convertirnos en “hacedores de papers”. Es necesario que los antropólogos hagamos visibles las condiciones en las que realizamos el trabajo de campo, y reflexionemos sobre la necesidad de valorizar el enorme esfuerzo que hacemos para obtener información etnográfica y de primera mano. En todos los sistemas de evaluación, el trabajo de campo debería ocupar un lugar preponderante. Abrir los espacios que permitan valorarlo dentro y fuera de las instituciones académicas, es una de nuestras tareas más urgentes.

Endnotes

1 Los Hijos de Sánchez fue publicado en 1964 por el Fondo de Cultura Económica. En febrero de 1965, en una reunión de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, se condenó la obra como obscena y denigrante para el país. En dicha reunión, la Sociedad tomó el acuerdo de consignar ante las autoridades respectivas al autor, a la obra y a la editorial, que entonces estaba dirigida por el argentino Arnaldo Orfila. Se hizo una denuncia formal ante la Procuraduría General de la República (PGR), la cual inició una averiguación previa. La acción fue considerada como un atentado contra la libertad de expresión. Finalmente, ante el escándalo la PGR se abstuvo de ejercitar alguna acción penal por no haber delito que perseguir. Virginia Bautista, “Los hijos de Sánchez, un escándalo de medio siglo”, Excelsior, 7 de agosto de 2011. En http://www.excelsior.com.mx/node/759087, consultado el 14 de octubre de 2016.


2 Carlos Martínez García “Los linchados de Ajalpan, Puebla, La Jornada, 28 de octubre de 2015.

3 Así lo demuestran Victoria Novelo y Juan Luis Sariego en un video producido por el CIESAS en 2011 denominado Antropología en tiempos violentos (https://www.youtube.com/watch?v=pyZm_Dog-7c).

4 Paula Chouza, “Amenazan de muerte a investigadores por defender a los guarijíos en Sonora”, El País, 4 de agosto de 2013, sociedad.elpais.com/sociedad/2013/08/04/actualidad/1375585108_821445.html. (Consultado el 15 de octubre de 2016).